Por Roser Casanovas |
CRÍTICA URBANA N. 39 |
Los espacios donde desarrollamos nuestras vidas no son neutros, están construidos desde una perspectiva androcéntrica y capitalista y reproducen, legitiman y perpetúan desigualdades y relaciones de poder que son estructurales. La vivienda es un espacio indispensable en el que desarrollamos una gran parte de nuestras actividades cotidianas, es refugio y espacio de socialización y cuidados, y la puerta de acceso para muchos derechos como la educación o la salud.
Sin embargo, sabemos que la vivienda no está garantizada para todas las personas, y que, además, no todas las viviendas en nuestra vida cotidiana aseguran unas condiciones mínimas para ser saludables, seguras y accesibles. Tanto las dificultades en el acceso, como la falta de condiciones materiales afectan de manera diferencial a mujeres y a hombres.
Nos encontramos ante una crisis residencial estructural permanente con un incremento exponencial del precio de las viviendas de alquiler y de venta, un parque público insuficiente y algunas estrategias poco flexibles para abordar la diversidad de necesidades vinculadas a la vida de las personas. Estas dinámicas económicas que priorizan el beneficio económico y la acumulación de capital, han hecho que la vivienda se convierta en un bien especulativo y han expulsado a las personas vecinas de sus barrios, poniendo en riesgo su vida cotidiana, erosionando las redes vecinales y la vida comunitaria construidas a lo largo del tiempo.

Taller del proyecto Comunidades Ecofeministas de Vivienda. Foto: Col·lectiu Punt 6.
Por eso, es necesaria una aproximación desde una perspectiva feminista interseccional que analice estas desigualdades y proponga transformaciones de nuestros entornos para garantizar el derecho a una vida digna para todas las personas, y en particular para las mujeres e identidades disidentes que han estado históricamente excluidas e invisibilizadas.
Problemáticas de vivienda que afectan diferencialmente a las mujeres e identidades disidentes
El género es una variable imprescindible que condiciona tanto el acceso como el uso y el mantenimiento de la vivienda. Existe una brecha salarial importante entre mujeres y hombres: una menor tasa de ocupación y mayor número de contratos temporales, reducción de jornada laboral y precariedad en las condiciones laborales por los tipos de trabajos que desarrollamos las mujeres, son algunos de los elementos que contribuyen al incremento de la feminización de la pobreza. Si añadimos que los datos también nos siguen mostrando que las mujeres son las responsables de cuidar a personas dependientes mayores y enfermas; y si, además, cruzamos el género con otras variables como la edad, el origen, la diversidad funcional o las responsabilidades familiares, las dificultades se agravan todavía más.
Además de las bajas posibilidades que tenemos las mujeres para acceder a una vivienda, también tenemos que tener en cuenta cómo son los espacios de nuestras viviendas y qué roles están perpetuando.
El tipo de viviendas que se han producido durante las últimas décadas ha variado muy poco a pesar de la heterogeneidad de situaciones y de las unidades familiares actuales. Se han dado por obvias e inamovibles ciertas características, como por ejemplo la distribución en espacios cerrados y poco visibles de algunas tareas domésticas (lavadero, cocina, guardados diversos…). Esto ha hecho repetir estructuras jerárquicas y rígidas de la familia nuclear patriarcal que quedan reflejadas, entre otras, en la nula consideración que tiene el trabajo de cuidados y sus necesidades. “La casa” ha sido utilizada como espacio de perpetuación de la división sexual del trabajo, asignando a las mujeres la responsabilidad de realizar cotidianamente una serie de tareas domésticas dentro de la casa, necesarias para que el trabajo productivo fuera de casa pueda desarrollarse. Las viviendas no se adaptan a las necesidades de las personas usuarias en cuanto a la accesibilidad, los cuidados de las personas dependientes, los ciclos de la vida, la corresponsabilidad y la colectivización de las tareas reproductivas. Y si analizamos cómo son los espacios de un edificio compartidos por la comunidad de vecinos y vecinas cuando son pequeñas las escaleras y, con suerte, hay algún ascensor para permitir la accesibilidad física, vemos que no contribuyen al encuentro entre vecinas sino al individualismo.
Además, para muchas mujeres el hogar no es un espacio seguro sino de abuso y violencia; por eso, es necesario repensar modelos de vivienda donde la sostenibilidad de todas las vidas posibles sea prioritaria y se den las condiciones materiales para poder cuidar a otras personas y autocuidarnos. El acceso a una vivienda segura sigue siendo un reto para las mujeres y disidencias.
No solo es necesario un análisis de las problemáticas, sino que necesitamos transformar las políticas de vivienda con una perspectiva feminista interseccional
Las políticas públicas de vivienda no incorporan una perspectiva feminista con una mirada amplia que atienda a las diferentes necesidades y problemáticas. No es suficiente con cambiar solo las políticas de vivienda, ya que hay que abordar también otros ámbitos para mejorar las condiciones de vida de las mujeres y disidencias.
Por ello, desde el urbanismo feminista -a través de las comunidades, entidades y personas que trabajan desde diferentes ámbitos para garantizar el derecho a la vivienda para las mujeres- proponemos construir estrategias que nos permitan transformar el acceso, el uso, la gestión, el diseño y el mantenimiento para no dejar a nadie fuera.
Estas estrategias abren líneas de trabajo que impactan desde diferentes políticas públicas hasta diferentes formas de la acción comunitaria; como, por ejemplo,
- entender el feminismo interseccional como una reflexión constante donde interaccionan más ejes de lucha además del género y entender las prácticas feministas cotidianas más allá de la teoría;
- garantizar una vida digna para todes a través de potenciar espacios propios y libres de violencias;
- fomentar la corresponsabilidad de los cuidados a través de romper con la dicotomía público-privado y familia-estado en la resolución de los cuidados propios y hacia las demás;
- promover comunidades de vivienda inspiradoras y que generen alternativas;
- fomentar mecanismos para garantizar la autonomía económica de las mujeres y otras identidades;
- incidir en los programas y las normativas que afectan la construcción de vivienda;
- aplicar criterios de diseño en los espacios de las viviendas y su entorno; y
- apoyar a la organización comunitaria horizontal y flexible fomentando la autoorganización y la toma de decisiones de forma colectiva.
Estas estrategias, sobre todo, potencian la construcción de vínculos y afectos desde otro lugar para poder construir una organización social diferente que nos permita romper con la dicotomía público-privado y con las desigualdades estructurales del sistema actual que no puede garantizar una vivienda digna para todas las personas.

Taller del proyecto Comunidades Ecofeministas de Vivienda. Foto: Col·lectiu Punt 6.
Necesitamos referentes de otras formas de vincularnos y vivir en comunidad para cambiar los imaginarios de nuestra sociedad
Uno de los aspectos que creemos más relevante desde el urbanismo feminista es que para transformar nuestra realidad hacen falta más proyectos piloto y comunidades que sean referentes y puedan ayudar a construir nuevos imaginarios posibles.
La historia ha tenido muchos ejemplos de resistencia en torno a formas de vida y de acceso a la vivienda más corresponsables y no especulativas que se han invisibilizado. Hay muchas contribuciones colectivas previas de teóricas y activistas feministas que han propuesto compartir espacios comunitarios fuera del hogar para reivindicar que las tareas de cuidados y reproductivas tienen que ser responsabilidad social y pública, haciéndolas visibles en los entornos urbanos y comunitarios.
Además de esta amplia genealogía feminista, que tenemos la obligación de visibilizar y aprender de sus propuestas, actualmente hay diferentes formatos o estructuras comunitarias que tienen como objetivo acceder a una vivienda con una comunidad para romper con la dicotomía entre espacio público y privado para proponer una alternativa de organización social. Estas comunidades, mayormente lideradas por mujeres y disidencias, desarrollan propuestas de acceso a la vivienda a partir de repensar cómo el diseño y la gestión del espacio pueden construir un entorno más corresponsable con los cuidados y la sostenibilidad de las vidas.
Tenemos una organización social basada en la privatización de los cuidados que significa dejar una gran parte estos en la esfera privada del hogar, y este sistema es una fuente de desigualdades que penaliza unos colectivos por encima de otros: en concreto, las mujeres y las personas migrantes. Si sumamos la desigualdad en la distribución de las tareas de cuidados con la grave crisis de la vivienda las consecuencias son muy graves.
Por eso, además de comunidades de vivienda también hay muchas iniciativas comunitarias surgidas de grupos de afinidad, vecindad y movimientos sociales que se organizan para resolver las necesidades del grupo al que pertenecen en un entorno próximo a sus viviendas. Esta idea de resolver algunas de las necesidades de cuidados en un entorno consolidado lo hemos trabajado desde el urbanismo feminista con el nombre de red comunitaria de cuidados en torno a la vivienda. Esta red tiene el objetivo de involucrar a diferentes personas viviendo en diferentes modelos de vivienda para compartir espacios colectivos y contribuir a la colectivización de las tareas domésticas, de cuidados y comunitarias.
Hay que dejar de pensar la vivienda desde una perspectiva individual, priorizar los cuidados exige una transformación radical de nuestros espacios de vida como escenarios de nuestra vida cotidiana. El espacio contribuye a configurar cómo nos relacionamos, nuestro pensamiento y nuestra manera de concebir el mundo. Para cambiar las condiciones de vida de las personas y poner nuestras vidas en el centro de verdad, tenemos que repensar nuestros espacios (rehabilitarlos, readaptarlos, renombrarlos, reconfigurarlos, reprogramarlos, etc.) para que sean un soporte real a otras formas de organización social garantizando una vivienda para todas y todes.
Nota sobre la autora
Roser Casanovas. Arquitecta y urbanista, socia fundadora de la cooperativa Col·lectiu Punt 6. Es una entidad que trabaja para repensar los espacios domésticos, comunitarios y públicos desde una perspectiva feminista con 20 años de experiencia. Sus ámbitos de trabajo están relacionados con la gestión comunitaria de los cuidados, a través de metodologías participativas con perspectiva feminista interseccional, desarrollando proyectos como la Red comunitaria de Cuidados en torno a la vivienda y las Comunidades ecofeministas de viviendas, entre muchos otros.
Para citar este artículo:
Roser Casanovas. Vivienda feminista para construir espacios de vida. Crítica Urbana. Revista de Estudios Urbanos y Territoriales Vol. 9, núm. 39, Feminismo y espacio. A Coruña: Crítica Urbana, marzo 2026.









