Por Jorge Rodríguez |
CRÍTICA URBANA N. 40 |
A principios de los años 70 se firmó, en una pequeña ciudad iraní, a orillas del mar Caspio, el conocido como “Convenio de Ramsar”, un tratado internacional para la conservación de los humedales, que reconocía la importancia de estos ecosistemas para la protección de la biodiversidad y sostenibilidad ecológica global.
Hubo que esperar más de una década para que el estado español se adscribiera al convenio, estando todavía vigente la infame “Ley Cambó”, que incentivaba la desecación de humedales y marismas, para fomentar usos “más productivos” en suelos que se consideraban insalubres. Cincuenta años después, aún no se han revertido los miles de hectáreas desecadas ni se han recuperado las marismas ocupadas por fábricas e industrias de todo tipo.

Foto: Arquivo do Reino de Galicia, 1965
Este es solo un ejemplo de cómo el modelo industrial de los últimos dos siglos ha supeditado la naturaleza a la producción, transformándola bajo criterios de máxima explotación, sin considerar las consecuencias sociales, ambientales o paisajísticas. También sirve para ilustrar el lento avance de la transición ecológica, cuando comparamos el nivel de la representación tecnocrática con las prácticas espaciales que siguen estando vigentes.
En el año 2023 realizamos un trabajo que tenía como principal objetivo incidir en el nivel perceptivo sobre una marisma que había sido destruida hace más de 60 años, para construir un complejo industrial altamente contaminante. La experiencia de ese espacio natural, de gran valor ambiental, social y económico se había perdido prácticamente, pues cada vez quedaba menos gente que lo hubiera vivido en su estado original. En cambio, su representación fue monopolizada por las diferentes esferas de poder, vinculadas al estado y la industria.
La fábrica de celulosa de Lourizán
Hasta finales de los años cincuenta, la ensenada de Lourizán era un enclave privilegiado en la ría de Pontevedra, en el noroeste de la península ibérica. Su economía se basaba en el marisqueo y un incipiente turismo, atraído por el paisaje litoral y la suavidad del clima. En 1958 el gobierno de la dictadura franquista impulsó la construcción de un complejo industrial de celulosa y química pesada que requería un relleno de más de 50 hectáreas de arenales y marismas.
La instalación industrial no solo eliminó uno de los bancos marisqueros más productivos de Galicia, sino que contribuyó a la transformación radical del paisaje de toda la región, mediante la expansión de monocultivos forestales de eucalipto, materia prima esencial para la actividad de la fábrica. A eso hay que sumar la contaminación de la ría y la atmósfera, que fue probada en el juicio y posterior condena por delito ecológico en el año 2002. La respuesta social contra la fábrica ha sido constante. Las primeras protestas, lideradas por las mariscadoras despojadas de su principal sustento, fueron duramente reprimidas por la dictadura. Ya en democracia, nace la Asociación Pola Defensa da Ría de Pontevedra (APDR) como vehículo de canalización de la oposición local frente a la presencia de estas industrias contaminantes.

Lourizán marcha en defensa de la Ría. Imagen cedida por el autor.
A través de varias materias de paisaje y urbanismo de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña pusimos en marcha una colaboración con la APDR para desarrollar una visión alternativa para la ría de Pontevedra. Se encuadró como una actividad de Aprendizaje y Servicio en la que cuarenta estudiantes y cuatro profesores trabajamos durante un cuatrimestre en el análisis y diseño de un proyecto para la renaturalización del ámbito ocupado por la fábrica.
El análisis abordó diversos ámbitos, desde la huella histórica y patrimonial, hasta las infraestructuras, pasando por los espacios de interés ambiental o paisajístico y los diversos niveles de impacto de la actividad industrial. El diagnóstico confirmó la confluencia de elementos culturales y paisajísticos de gran valor. Existen evidencias de ocupación continua de este lugar desde la Edad de Bronce. Los yacimientos arqueológicos incluyen petroglifos, castros (recintos fortificados de la Edad de Hierro), así como restos de posibles fábricas romanas de salazón. También existen elementos más recientes, pero de gran valor. El más destacado es el pazo de Lourizán, que ha sido declarado Bien de Interés Cultural, y que conformó un eje de gran relevancia social y política a finales del siglo XIX. Lamentablemente la relación de sus jardines con la ría fue mutilada por el relleno de la fábrica.
Los espacios naturales incluyen corredores ecológicos que conectaban el espacio intermareal con humedales interiores, generando ecosistemas similares a los incluidos en el Convenio de Ramsar, pero que se encuentran degradados y segregados por el complejo industrial.
El estudio de la dinámica demográfica revela un importante proceso de pérdida de población. Al contrario que otras zonas periurbanas de Galicia, y a pesar de la ubicación costera, los núcleos más próximos a la fábrica han perdido el 25% de su población.
La gran dimensión de la fábrica, el trasiego constante de camiones con madera, el ruido de su maquinaria y el humo, unidos a un fuerte hedor desincentivan cualquier interés por habitar en Lourizán, que pasa a percibirse como un territorio de sacrificio, donde ubicar instalaciones de difícil integración, como una subestación eléctrica, líneas de alta tensión, una planta de tratamiento de aguas residuales o la autovía de acceso al puerto de Marín, de interés estatal.

Presentaciones del proyecto. Imagen cedida por el autor.
El factor económico como coartada
El principal argumento para la permanencia de la fábrica en la ría se basa en la contribución de la empresa en la economía de la zona. Según los datos oficiales de la propia compañía (ENCE), los empleos directos en la fábrica de Lourizán han descendido continuamente desde su privatización en el año 2001, contando actualmente menos de 280 empleados, previsiblemente bajaran a menos de 250 debido a un expediente de regulación de empleo recientemente aprobado. La empresa tiene su sede fiscal en Madrid, por lo que paga allí el Impuesto de Sociedades. Su facturación anual ronda los 400 millones de euros. En 2023, distribuyó 140 millones de euros en dividendos a sus accionistas, quienes en su mayoría no tienen relación con Galicia. Si se tratase de una empresa gallega, ocuparía el puesto 67 por número de empleados y el 31 en cuanto a facturación. En comparación, las empresas locales con sede en la ría generan más de 25.000 empleos y una facturación de más de 5.000 millones de euros al año, lo que relativiza la contribución de la papelera a la economía local.
Este caso ejemplifica un modelo extractivista clásico: apropiación de recursos naturales comunes, externalización de impactos ambientales y subordinación de las economías locales a intereses ajenos al territorio. Durante más de seis décadas, la fábrica ha degradado los ecosistemas, alterado la morfología costera y ha condicionado la relación entre la comunidad local y la ría.

Antes y después, vista aérea desde el Este. Imagen cedida por el autor.
La propuesta de renaturalización
A partir del diagnóstico realizado, se planteó una estrategia integral de regeneración. El punto de partida es la retirada de la actividad industrial y la recuperación progresiva del espacio litoral. Esto implica devolver parte del relleno al mar, restaurar los ecosistemas intermareales y descontaminar el suelo afectado. La propuesta incorpora también la adecuación de infraestructuras de comunicación, que actualmente fragmentan el territorio pero que son esenciales para el funcionamiento del puerto de Marín.
La nueva ribera de mar se proyecta como una red continua de espacios públicos: paseos litorales, playas, marismas y corredores verdes que conectan los espacios naturales próximos y recrean, dentro de lo posible, el carácter del paisaje original. Se crea una infraestructura verde con valor ecológico y social, al reforzar la identidad del lugar y abrir nuevas oportunidades económicas vinculadas al ocio, el turismo y actividades sostenibles.
La propuesta desarrolla soluciones técnicamente viables y basadas en la naturaleza, sin caer en la utopía, ni en la banalización. Ante la necesidad de dragado y retirada de suelos contaminados, se construye una nueva topografía para alojar los recintos de confinamiento, inspirada en los sistemas dunares, generando una protección natural frente a la erosión y el aumento del nivel del mar.
El poder de la representación
Más allá de las soluciones técnicas, el valor principal de la propuesta reside en la construcción de un nuevo imaginario colectivo. El proyecto se desarrolló de forma participativa y fue presentado en el Teatro Principal de la ciudad de Pontevedra. Frente a la idea de que determinados usos son irreversibles, muestra que es posible pensar otros futuros para territorios degradados. Imaginar Lourizán sin la fábrica no es un ejercicio utópico, sino una herramienta crítica. Permite visibilizar los costes ocultos de la situación actual y abrir un debate sobre modelos concretos y contrapuestos. La renaturalización no es solo un proceso ecológico, sino también cultural y político. Implica redefinir las relaciones entre sociedad y naturaleza, así como cuestionar modelos de desarrollo basados en la extracción intensiva de recursos.
Nota sobre el autor
Jorge Rodríguez. Doctor arquitecto y profesor titular de urbanística y ordenación del territorio en la Universidade da Coruña. Su trabajo se centra en la planificación urbana y en aspectos vinculados al metabolismo territorial, desde modelos energéticos a la integración de infraestructuras. Ha colaborado con diversas asociaciones ambientales y actualmente es uno de los directores de PLEA, una red internacional para fomentar la arquitectura y el urbanismo sostenibles.
Para citar este artículo:
Jorge Rodríguez. Recuperación de un espacio industrial litoral. Crítica Urbana. Revista de Estudios Urbanos y Territoriales Vol. 9, núm. 40, Extractivismos. A Coruña: Crítica Urbana, junio 2026.









